Ya en los campos de batalla medievales, las personas intentaban protegerse de los ataques enemigos con armaduras pesadas. Hoy en día, los materiales compuestos modernos, como el Kevlar, amortiguan el impacto de los proyectiles mortales de las armas de fuego portátiles.
Las gruesas paredes de los búnkeres de hormigón armado protegen a las personas contra proyectiles de mayor calibre. El desarrollo de estos sistemas de defensa suele ser una respuesta a las nuevas tecnologías de ataque cada vez más destructivas. El punto álgido de esta escalada lo representa, en última instancia, la bomba atómica. Se trata, sin duda, de la forma más radical de la guerra que los seres humanos libran contra sí mismos.